Amores modernos
o el mal llamado "arte de fluir"
Ahora nos enseñan a fluir,
a no pedir palabras claras,
a no nombrar lo que tiembla.
Miramos el amor
desde vitrinas encendidas:
escaparates de personas,
dedos que deslizan destinos,
coincidencias de un minuto
que prometen universo
y duran lo que tarda una señal en perderse.
Jugamos a mirarnos sin vernos,
a rozarnos sin pasar al fondo,
a decir “no pongamos etiquetas”
como quien se quita el corazón de encima.
Y cuando lo íntimo asoma,
cuando una pregunta pide sitio,
aparecen dogmas de época:
“dejemos que fluya”,
“no estoy para algo serio”,
“vamos viendo”.
Fluir…
esa forma pulcra de huir,
con heridas en silencio
y miedo estrenando excusa.
Así nos va:
brillando por fuera,
rotos por dentro,
coleccionando conexiones fugaces
y apagando el corazón en modo silencio.
Nadie lucha por nada,
porque luchar suena antiguo,
como escribir cartas
o quedarse cuando hay tormenta
Como si los grandes logros
no exigieran grandes esfuerzos,
como si amar sin rendirse
fuera cosa del pasado.
Es más cómodo decir
que si hay que luchar,
no es para ti,
y seguir deslizando vidas.
Yo también he caído en esas tentaciones,
intentando adaptarme a esta nueva realidad
Pero lo confieso: aún deseo
un nosotros que se diga de frente,
que se quede cuando lo fácil sea irse,
que entienda que la claridad no asusta:
sostiene y permite avanzar
Si vienes, ven entero.
Si dudas, no me entretengas.
Yo no fluyo: elijo
y lo apuesto todo.
Quiero un amor valiente
que sepa nombrar lo que siente
y pelear, conmigo,
por lo que merece la pena.
Porque, al final,
fluir sin rumbo
no es libertad:
es no atreverse a amar.

Paula Fernández-Ochoa